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domingo, 19 de octubre de 2014

Las falsedades de un apologista del progresismo



TRIBUNA ABIERTA
Uruguay: La contra revolución agro-estúpida

 Las falsedades de un apologista del progresismo  

William Yohai
12 de octubre de 2014

Un tal Augusto Zamora, que es (o fue) embajador de Nicaragua en España, dedica a Uruguay un trabajo que aparece publicado en “Rebelión”. Bajo el título: “Uruguay, la revolución agrointeligente” este señor realiza una serie de afirmaciones groseramente inexactas. En todos los casos sin molestarse en citar fuentes.
No valdría la pena ocuparse del asunto si no fuera porque este tipo de apologías de los gobiernos progresistas de Uruguay tienen  aceptación en vastos círculos internacionales. Especialmente molesta es la situación cuando personas de intención claramente revolucionaria en el exterior (y en particular en diferentes lugares de América Latina) se creen estas historias.
Afirma, por ejemplo, Zamora: “el país vive, desde 2005, una asombrosa revolución agropecuaria, que lo ha puesto entre los mayores exportadores de alimentos de mundo en relación a su tamaño y población. Uruguay pasó de producir alimentos para 9 millones de personas a producirlos para 28 millones en 2014. El objetivo es alimentar a 50 millones de seres humanos.”
Por sus especiales características geográficas, climáticas y edafológicas Uruguay fue siempre uno de los “mayores exportadores de alimentos en relación a su tamaño y población”. Falso entonces que esto sea el resultado de una supuesta “revolución agropecuaria” ocurrida a partir de 2005.
Pero el disparatario “zamorano” recién comienza: a renglón seguido afirma que “Uruguay pasó de producir  alimentos para 9 millones de personas a producirlos para 28 millones en 2014”. Dejando de lado la incongruencia de afirmar cuánto va a producir el país de alimentos en 2014, cuando recién en el segundo trimestre de 2015 se tendrá un panorama más o menos completo de dicho dato, al revisar al información oficial disponible (1) constatamos que la producción de alimentos ha crecido entre 2005 y 2013 un 27% aproximadamente (2) Pero este cambio global oculta una caída de un 2% de la producción ganadera que incluye, fundamentalmente,  carne vacuna y leche. El crecimiento se da a expensas de un gran aumento de la producción agrícola debido mayoritariamente a la soja. Este cultivo integrado en su totalidad por eventos transgénicos y destinado en forma predominante, no a la alimentación humana sino a la animal, se ha transformado en el principal rubro exportable desplazando a la carne vacuna que lo era desde hace muchos años. Se podría afirmar por lo tanto que el aumento de la producción agropecuaria  destinado a la alimentación humana ha, en realidad, descendido. Muy lejos de, tal cual afirma Zamora, triplicarse.
A renglón seguido el autor afirma que la producción láctea aumentó un 54%. El dato es exagerado si se considera la producción comercial total. De acuerdo a los datos del anuario agropecuario 2013 (3) (el último publicado) ésta aumentó entre 2005 y 2012 el 34,5%. Y es  conceptualmente incorrecto asociar este crecimiento a alguna política del MGAP progresista. En efecto, entre 1990 y 1998 la producción láctea creció más de 50%. Una tasa  más alta que la experimentada bajo el progresismo. Si le atribuyéramos algún mérito al sesgo ideológico de los gobiernos capitalistas (“neoliberales” versus  “progresistas”) no nos quedaría más remedio que reconocer que aquellos han sido más eficientes en esto de aumentar la producción láctea.
En realidad el crecimiento de la producción láctea a partir de 2005 está asociado al extraordinario aumento del precio del producto. Tomando como base la leche en polvo entera, entre 2005 y 2013  aquel  se duplicó con creces (4) En un entorno de “laissez faire” capitalista que es el que domina la realidad agropecuaria del país, muy lejos de las afirmaciones de algunos integrantes del gobierno y de las cuales Zamora se hace eco, un aumento del precio internacional de cualquier producto genera inevitablemente un incremento de la producción del mismo. En el mismo sentido la liberalización total de las relaciones de producción en el campo uruguayo que datan de los 90 cuando se suprimen prácticamente por completo los impuestos sobre la tierra no hace otra cosa que fomentar la concentración de la propiedad y la producción.
Pero hay más:durante los gobiernos progresistas (aclaremos, entre los censos 2000 y 2011 (5)que abarcan también un período “neoliberal”) la cantidad de tambos descendió un 36%. Más de 2000 productores (casi todos ellos pequeños, de menos de 50 mil litros de leche anuales) desaparecieron como tales. Si, como dice Zamora:  “Los ejes del desarrollo, según el MGAP son: desarrollo rural, con políticas ajustadas a la agricultura familiar” habrá que admitir que el objetivo ha sido cumplido con creces. Aclarando, por supuesto, que éste consiste en eliminar la agricultura familiar
 En efecto, dejando de lado el tema específico de la producción láctea, es sabido por cualquiera que se interese por estos temas en Uruguay, que entre 2000 y 2011 desaparecieron 12.350 productores agropecuarios, un 27% del total. Al igual que en el sector lácteo casi todos ellos pequeños, de menos de 100 hectáreas.
Acompaña a esta reducción en la cantidad de productores la de la población rural; un asombroso 46% y la de la población trabajadora, un no menos asombroso, 26%.
Como también explicitamos en un reciente trabajo (6) estos dudosos “logros” se han obtenido de forma “ecológica”. En efecto, entre los años considerados (2000 y 2011) la importación de agrotóxicos, en primer lugar herbicidas, se multiplicó por 5.
Pero las inexactitudes no se acaban aquí: desde el punto de vista ecológico el deterioro del ambiente rural es pavoroso. Todos los cursos de agua del país están contaminados. El contaminante más conocido es el fósforo. Éste llega a cañadas, arroyos y ríos como resultado de la erosión de los suelos. Proceso éste a su vez originado en la agricultura intensiva sobre suelos ondulados típicos del país que requieren una serie de cuidados para evitar aquella.
A este fenómeno se agrega la acelerada deforestación del monte nativo que rodea ríos y arroyos en el país impulsada por la fiebre de producción de soja. Estos montes representan un filtro para la llegada del suelo erosionado a los cursos de agua (7)
La desregulación del uso de suelos fue prácticamente absoluta hasta hace dos o tres años. Y no porque el MGAP, en particular su dirección de recursos renovables, careciera de legislación regulatoria útil. Se trató de la más absoluta falta de voluntad política para aplicarla.
Como decíamos, hace poco tiempo se comenzaron a aplicar los llamados “planes de siembra”. Sólo obligatorios para cultivos que abarquen más de 100 hectáreas se basan en trabajos que realizan ingenieros agrónomos contratados por los productores en forma privada. El control oficial es escaso y los incentivos para los técnicos van en el sentido de autorizar el uso masivo de la agricultura sin las debidas rotaciones de cultivos u otras medidas paliativas de la erosión. Todo el fantasmagórico “sistema de control por satélite” que menciona Zamora no es más que un mito. En la práctica no funciona y prueba de ello es que durante el otoño y el invierno del presente año la mayor parte de los campos cultivados con soja permanecieron desnudos después de la cosecha. Se imputó a las abundantes lluvias la tolerancia del MGAP con el fenómeno. Puro pretexto; de ninguna forma aquellas impedían la siembra de forrajeras aptas (ray grass y avena, por ejemplo) en cobertura.
La contaminación con fósforo es conocida porque produce signos claramente visibles en la forma de floraciones de cianobacterias. El año pasado se produjo un episodio escandaloso cuando el agua potable de la región metropolitana de Montevideo adquirió un marcado olor nauseabundo a partir de las toxinas generadas por las mentadas algas. Obras sanitarias del Estado (la empresa pública que suministra el agua potable y el saneamiento en el país) informó que se trataba de una variedad particular de algas cuyas “toxinas” no eran tóxicas para el ser humano.
Se ha dicho que  se están llevando a cabo estudios sistemáticos en busca de contaminantes como los compuestos de glifosato, insecticidas, fungicidas y toda la pléyade de agrotóxicos cuya importación tanto creció los últimos  años en el agua potable y en los cursos de agua del país. Hasta donde hemos podido averiguar los resultados de esos estudios no son públicos.
De todo lo dicho surge con claridad cuan “sostenible” es el aumento de la producción agropecuaria del país durante los últimos años.
Desde hace ya unos cuantos años muchos economistas sostienen, con evidente buen criterio, que al medir la producción de un país se deben considerar los balances de la evolución de los recursos naturales del mismo.
Dicho de otra forma: en el transcurso de la producción se afecta el ambiente. Ya sea por la vía de la contaminación o por la vía de destrucción o consumo de recursos naturales. El caso más típico es la explotación minera. Por un lado dicha producción se contabiliza positivamente. Por el otro el país pierde un recurso que existía y que ha dejado de hacerlo.
En nuestro caso si se contabilizara la erosión de suelos y la contaminación de cursos de agua que produjo al auge agrícola a partir de 2005 tendríamos que admitir que, muy probablemente, más que un crecimiento del producto interno bruto agropecuario hemos asistido a una caída del mismo.
También es falso, como afirma Zamora que Uruguay  “Tiene el mayor índice de investigación y desarrollo de Latinoamérica”. En efecto, según informa el Banco Mundial (8) tanto Argentina como Brasil tienen índices (como participación en el PBI) mayores que Uruguay. En el caso de Brasil es aproximadamente el triple.
Para finalizar: el término “agro-inteligente” es usado por ciertos sectores del gobierno para justificar una gestión absolutamente neoliberal en relación al sector agropecuario. Los resultados sociales y económicos de la misma están a la vista.
La penetración capitalista en las relaciones de producción agropecuarias se ha profundizado. Quedan apenas 107.000 habitantes en los más de 16 millones de hectáreas que comprenden el área productiva del país.
En ellas trabajan sólo 116.000 personas. Un promedio de un trabajador cada 142 hectáreas.
Mientras el suelo se destruye aceleradamente, los cursos de agua se contaminan
Los terratenientes (8.000 personas y empresas son dueñas del 80% de la tierra) se enriquecen. Lo han hecho por vía de aumento del precio de la tierra y la renta del suelo en más de 60.000 millones de dólares los últimos 10 años. Lo mismo hacen un puñado de empresas multinacionales que comercializan y llevan adelante la producción; junto a otras que (encabezadas por Monsanto) venden los insumos necesarios para el modelo: semillas transgénicas y agrotóxicos.
El país es, en realidad, cada vez más pobre
1 www.bcu.gub.uy/estadísticas y estudios/cuentas nacionales 
2 Para llegar a este resultado sumamos algebraicamente las variaciones de los dos sectores: ganadería y agricultura. El tercer componente del sector agropecuario; silvicultura, obviamente no produce alimentos
5 Ambos disponibles en www.mgap.gub.uy/diea
6 “Censo agropecuario 2011 vergüenza nacional” disponible en www.resonandoenfenix.blogspot.com
William Yohai
 postaporteñ@ 1259 - 2014-10-17

martes, 30 de septiembre de 2014

Lo que todos callan sobre la marihuana



EL ESTADO DE LAS COSAS
Lo que todos callan sobre la marihuana
Las declaraciones del titular de la Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la lucha contra el Narcotráfico (Sedronar), Juan Carlos Molina, dijo: "Yo habilitaría el consumo de todo y abriría centros, pero no lo llamamos despenalización, porque no es ese el proyecto, sino que hay que hablar de la no criminalización". Otros sacerdotes católicos, con trabajo en barrios de emergencia, repudiaron sus palabras y hasta pidieron su renuncia: "Las drogas no dan libertad sino que esclavizan". Por algún motivo, tal como le sucede a Molina, se ha instalado -aún entre padres y docentes- que, por ejemplo, la marihuana no es tan mala como el tabaco y mucho menos que la cocaína y el paco. Le llaman "droga blanda", casi inocua. Y es o desinformación o ignorancia.
Juntos Bien Org. /  Por Isabel Perancho

MADRID (Cómo ser madre de un graffitero). La investigación médica amenaza el estatus de droga blanda del que goza el cannabis y sus derivados, el hachís y la marihuana. Nuevos estudios están destapando su potencial tóxico particularmente entre un grupo de consumidores en ascenso: los adolescentes. La evidencia es cada vez más clara respecto a que fumar porros de forma habitual en esta etapa vital incrementa las probabilidades de desarrollar con los años un trastorno psicótico. A corto plazo, las consecuencias no son menos alarmantes. Se asocia a una alta tasa de fracaso escolar debido a problemas de memoria y de concentración y una mayor frecuencia de episodios depresivos y ansiedad. Las demandas de terapia por abuso de cannabis en menores se han disparado. A los centros acuden padres desesperados con un tipo de paciente desconocido hasta hace poco: niños de 13 años con problemas en el ‘cole’ y comportamientos agresivos.
Los expertos son claros. Si se quiere evitar en el futuro una epidemia de trastornos psiquiátricos hay que retrasar la actual edad de inicio en el consumo del cannabis, que se sitúa sobre los 14 años. Y las medidas deben adoptarse antes de que sea demasiado tarde. Si es que no lo es ya. La delegada nacional del Plan Nacional de Drogas de España, Carmen Moya, reconoce la «preocupación» de este departamento por el creciente consumo de la sustancia entre los adolescentes y jóvenes españoles. La inquietud ha llegado al Ministerio de Sanidad que esta semana presentará un informe sobre las consecuencias médicas del abuso de este estupefaciente. «Está mitificado, se ve su aspecto lúdico, pero se omiten los problemas de salud que puede desencadenar para los que se inician a edades tempranas. La investigación nos indica que el pronóstico es sombrío para los que lo hacen antes de los 15 o 16 años», agrega Moya.
Los escolares patrios figuran entre los europeos que más porros fuman. Sólo les adelantan sus colegas de la República Checa, Francia y Reino Unido. En los últimos 10 años, el consumo de esta sustancia se ha duplicado entre los 14 y 18 años. Entre un 36% y un 43% de los estudiantes españoles reconoce haber tenido contacto con ella alguna vez y un 25% en el último mes, según los datos de dos macro sondeos, la Encuesta sobre Drogas a Población Escolar y el ESTUDES, realizados en 2002 y 2004, respectivamente, sobre una muestra de más de dos millones de alumnos de Secundaria.
En la mayoría de los casos se trata de consumos experimentales y esporádicos, y se estima que sólo el 10% llegará a ser un consumidor habitual. Pero un 1% de los chavales interrogados en el ESTUDES admitía que fumaba entre dos y tres porros diarios, una cantidad que los expertos consideran de claro riesgo para un desarrollo cerebral saludable.
Cerebro vulnerable
Fernando Rodríguez de Fonseca, investigador que coordina la Red de Trastornos Adictivos, es rotundo al respecto: «No podemos garantizar que el cerebro de un adolescente que consuma cannabis de forma habitual no vaya a ser vulnerable a ciertas patologías psiquiátricas». En los últimos tres años se han ido acumulando evidencias científicas que contradicen la imagen amable de esta droga ilegal, considerada menos tóxica que otros estupefacientes.
«Lo es en un organismo adulto. Y, precisamente porque sus efectos se consideraban poco graves, ha habido poco interés en estudiarlos», precisa el experto en cannabinoides Javier Fernández Ruiz, profesor de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid.
Los estudios recientes indican, no obstante, que las consecuencias pueden ser muy distintas para el cerebro de un adolescente, que se encuentra todavía en pleno desarrollo y maduración. «Hasta los 22 o 24 años no alcanza su máximo metabólico y funcional», indica Fernández.
La primera ‘luz roja’ se encendió a raíz de un estudio sueco que tras seguir a un grupo de 50.000 jóvenes durante 15 años comprobó que el riesgo de desarrollar esquizofrenia se multiplicaba por seis entre los que fumaban cannabis de forma regular a los 18 años.
Posteriormente, otros trabajos han confirmado la relación entre el uso habitual de la droga y un riesgo de dos a tres veces superior de sufrir esta grave dolencia psiquiátrica, así como otros trastornos psicóticos que se manifiestan con delirios, alucinaciones y alteraciones cognitivas y del comportamiento que interfieren con el desarrollo de una actividad normal.
Sin embargo, el peligro no es el mismo para todos. Los efectos neurotóxicos del cannabis son más acusados cuanto más precoz es el inicio en el consumo y cuanto mayor sea la cantidad que se fuma. «No hay una edad segura para empezar, aunque es cierto que el riesgo disminuye a medida que se cumplen años y es mayor si se fuma antes de los 16», advierte Marta Torrens, jefe de la Unidad de Toxicomanías del Instituto de Atención Psiquiátrica, Salud Mental y Toxicomanías del Hospital del Mar de Barcelona.
Edad y cantidad
Torrens ha participado, junto con otros expertos, en el informe del Plan Nacional de  Drogas, y en el que se avisa que el nivel de empleo de la sustancia también es clave. «Hay quien llega a los 20 porros al día y también tenemos chavales de 13 años que ya fuman uno a diario», señala José Luis Sancho, coordinador del Área de Menores del programa terapéutico-educativo de la Asociación Proyecto Hombre en Madrid.
«El consumo semanal ya puede resultar problemático», sentencia la especialista catalana. Y cuanto más se prolongue en el tiempo, aún peor. La mayoría de los jóvenes dejará de consumir a medida que se acerque a los 30 y empiecen a tener obligaciones laborales y familiares. Pero un 10% continuará haciéndolo de forma abusiva y los que empiezan más jóvenes y consumen diariamente tienen otra vez más papeletas para figurar en este grupo.
Los estudios que han seguido la evolución de los jóvenes habituales al cannabis han identificado ciertos rasgos que predisponen a sufrir trastornos mentales. Estos son más frecuentes en los que han manifestado de antemano síntomas psicóticos, asociados o no a los porros, y en aquellos con antecedentes psiquiátricos familiares.
Otro dato apoya la teoría de que existe una susceptibilidad individual que puede verse precipitada por el uso del estupefaciente. Se ha comprobado que los fumadores que portan una variante genética específica del gen COMT, que regula las concentraciones de un neurotransmisor implicado en el desarrollo de la esquizofrenia, tienen un riesgo 10 veces superior de sufrir la dolencia respecto a otros consumidores que no presentan esa alteración.
El hecho de que no todos los fumadores exhiban la misma fragilidad mental explicaría, por ejemplo, por qué la incidencia de esquizofrenia no ha crecido en la misma medida que el consumo de cannabis. Ahora bien, los especialistas recomiendan no infravalorar estos datos. Aunque los potenciales afectados sean una minoría, para Marta Torrens constituye un grave problema de salud pública. «De un riesgo de 0,7 casos de esquizofrenia por cada mil se pasa a 1,4 por mil si se fuma cannabis. Puede parecer poco, pero se trata de un trastorno muy serio. Se impone el principio de prudencia».
¿Por qué el cannabis resulta más dañino para el cerebro adolescente? «Las bases para explicar su mecanismo lesivo no están del todo claras, aunque la investigación en este campo es cada día más intensa», reconoce Javier Fernández Ruiz.
Los consumidores buscan los efectos psicoactivos que provoca la sustancia (relajación, desinhibición, hilaridad…), que son debidos a la acción de su principal componente activo, el tetrahidrocannabinol (THC), sobre unos receptores específicos (receptores cannabinoides) emplazados en la superficie de las neuronas, las células del cerebro.
El primero de estos receptores (se conocen tres) fue identificado en 1990. Regulan la actividad de diversos neurotransmisores responsables de controlar la comunicación entre las neuronas y diversas funciones neurológicas. El cannabis puede interferir sobre este sistema de conexión celular al modificar el funcionamiento de ciertos neurotransmisores, como la dopamina y el glutamato, directamente implicados en el desarrollo de la esquizofrenia.
Así, se sabe que el THC puede incrementar la producción de dopamina y que la hiperactividad de este neurotransmisor se relaciona con el trastorno psiquiátrico. Por otro lado, se ha sugerido que los niveles de glutamato son más bajos en los afectados por la dolencia mental y la droga inhibe la producción de esta proteína. La acción del cannabis sobre un tercer neurotransmisor, la serotonina, también se ha vinculado con un mayor riesgo de trastornos depresivos y de ansiedad.
Al psiquiatra José Carlos Pérez de los Cobos, presidente de la Sociedad Española de Toxicomanías, le inquietan otros efectos menos severos pero cada día más frecuentes entre los consumidores más jóvenes. «Detrás de muchos fracasos escolares está el cannabis y eso nos debería poner en guardia y hacernos reaccionar», opina. Los propios estudiantes españoles reconocían en la encuesta de 2002 las consecuencias negativas de los ‘canutos’: problemas de memoria, tristeza, apatía o depresión, dificultades para estudiar o trabajar, absentismo escolar, trastornos físicos y conflictos con sus padres y hermanos.
Fracaso escolar
El mal rendimiento en el instituto fue precisamente lo que destapó la peligrosa relación de Pablo con los porros, un adolescente catalán que acaba de cumplir 18 años y lleva tres meses en un programa terapéutico en el centro de menores de Proyecto Hombre en Barcelona. Su familia cree que empezó a consumir con 15 o 16 años. Últimamente fumaba a diario, incluso lo hacía en casa.banksy400
«Le notábamos cambiado desde hacia tres años. No era el niño cariñoso de siempre, estaba nervioso, contestón, desobediente, no respetaba los horarios…», relata Paqui, de 48 años, su madre. La familia lo atribuyó al difícil tránsito de la adolescencia, un hecho que complica la detección del problema. «Primero le pillamos fumando tabaco y después su padre le descubrió una ‘china’ de ‘chocolate’, pero dijo que era de un amigo. El detonante fue una llamada de sus profesores avisando de que no iba a clase y que cuando lo hacía estaba ‘fumado’. Se nos cayó el mundo encima», reconoce.
Lo más difícil fue convencer a Pablo de que lo que hacía podía perjudicarle. «Ellos lo fuman con toda tranquilidad porque no son conscientes de que suponga un riesgo, les divierte y piensan que no es malo para nada. Poco a poco se ha ido dando cuenta de la realidad», agrega.
La falta de percepción de peligro es una de las razones que esgrimen los expertos para explicar el alto nivel de consumo de la droga entre los más jóvenes y también uno de los principales motivos de alarma. Las encuestas escolares revelan que una cuarta parte de los alumnos considera que fumar de forma regular no produce problemas y muchos piensan que el riesgo es similar o inferior al del tabaco. Los expertos urgen para que se transmitan a los adolescentes los nuevos conocimientos científicos sobre el cannabis, pero se preguntan cómo hacerlo de forma suficientemente persuasiva.
Las demandas de terapia también aumentan
Problemas escolares y de conducta, comportamiento violento (verbal y en ocasiones físico), deterioro de la autoestima, patología psiquiátrica, como depresión o brotes psicóticos, trastorno del control de los impulsos… Estos son los síntomas más comunes con los que llegan a los centros de deshabituación o desintoxicación los consumidores más jóvenes de cannabis. La mayoría lo hace empujada por su familia, ya que no tiene conciencia de que su hábito cause problemas. Socialmente se ha menospreciado el riesgo de dependencia del cannabis, pero existe. Como también existe el síndrome de abstinencia, que se manifiesta de forma más leve y tolerable que el de otras drogas porque el organismo elimina el THC lentamente. Irritabilidad, ansiedad, disminución del apetito, cansancio, insomnio, dificultad para concentrarse son los signos habituales.
La creciente demanda de tratamiento por abuso de esta sustancia da idea de la dureza de la droga ‘blanda’: se ha triplicado entre 1996 y 2001. En 2002 fue el motivo del 60% de las terapias por drogas notificadas en menores de 18 años. Al igual que en otras adicciones, abandonar el consumo no es sencillo. Tras entre seis (como mínimo) y 18 meses de psicoterapia, un 40% logra mantener la abstinencia pasados dos años. El problema es que la red asistencial para atender a los adolescentes dependientes es aún escasa.
¿Por qué ha crecido tanto el consumo?
Se citan varios motivos. Además, de la escasa percepción de sus riesgos para la salud, mencionan la accesibilidad de los adolescentes a la sustancia. Más del 71% de los chavales piensa que podría conseguirla fácilmente si quisiera. La proximidad de España a Marruecos, el principal productor de cannabis, favorece igualmente su amplia circulación. Para los jóvenes es fácil disponer de dinero y los porros les resultan muy asequibles, uno cuesta aproximadamente un euro. «Cambian el bollo de la merienda por el ‘canuto’», dice la madre de un joven consumidor.
Fumarse unos ‘petas’ forma parte de la cultura de ocio y consumismo que impera en la sociedad en general. «Siempre dan premio, con ellos se lo pasan bomba. ¿Qué les ofrecemos para competir con eso?», se pregunta José
Luis Sancho, psicólogo de Proyecto Hombre, asociación que cumple este año su vigésimo aniversario. Curiosidad, experimentar nuevas sensaciones y divertirse son las razones que esgrimen los escolares que han decidido probar el hachís o la ‘maría’. Forman parte de un estilo de vida en el que prima pasarlo bien. «Nuestro objetivo es romper esta percepción, que reciban la información precisa y conozcan sus riesgos», apostilla Carmen Moya.
http://www.juntosbien.org/articulos/lo-que-todos-callan-sobre-la-marihuana