EL ESTADO DE LAS COSAS
Lo que todos
callan sobre la marihuana
Las declaraciones del titular de la
Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y la lucha
contra el Narcotráfico (Sedronar), Juan Carlos Molina, dijo: "Yo
habilitaría el consumo de todo y abriría centros, pero no lo llamamos
despenalización, porque no es ese el proyecto, sino que hay que hablar de la no
criminalización". Otros sacerdotes católicos, con trabajo en barrios de emergencia,
repudiaron sus palabras y hasta pidieron su renuncia: "Las drogas no dan
libertad sino que esclavizan". Por algún motivo, tal como le sucede a
Molina, se ha instalado -aún entre padres y docentes- que, por ejemplo, la
marihuana no es tan mala como el tabaco y mucho menos que la cocaína y el paco.
Le llaman "droga blanda", casi inocua. Y es o desinformación o
ignorancia.
Juntos Bien Org. / Por Isabel
Perancho
MADRID (
Cómo ser madre de un graffitero). La
investigación médica amenaza el estatus de
droga blanda del
que goza el
cannabis y sus derivados,
el hachís y la
marihuana. Nuevos estudios están destapando su potencial tóxico
particularmente entre un grupo de consumidores en ascenso:
los
adolescentes. La evidencia es cada vez más clara respecto a que
fumar
porros de forma habitual en esta etapa vital incrementa las probabilidades de
desarrollar con los años un trastorno psicótico. A corto plazo, las
consecuencias no son menos alarmantes.
Se asocia a una alta tasa de
fracaso escolar debido a problemas de memoria y de concentración y una mayor
frecuencia de episodios depresivos y ansiedad. Las demandas de terapia
por abuso de cannabis en menores se han disparado. A los centros acuden padres
desesperados con un tipo de paciente desconocido hasta hace poco: niños de 13
años con problemas en el
‘cole’ y comportamientos agresivos.
Los expertos son claros.
Si se quiere evitar en el futuro una
epidemia de trastornos psiquiátricos hay que retrasar la actual edad de inicio
en el consumo del cannabis, que se sitúa sobre los 14 años. Y las
medidas deben adoptarse
antes de que sea demasiado tarde. Si es que no
lo es ya. La delegada nacional del Plan Nacional de Drogas de España,
Carmen Moya, reconoce la
«preocupación» de este departamento
por el creciente consumo de la sustancia entre los adolescentes y jóvenes
españoles. La inquietud ha llegado al Ministerio de Sanidad que esta semana
presentará un informe sobre las consecuencias médicas del abuso de este
estupefaciente. «
Está mitificado, se ve su aspecto lúdico, pero se omiten
los problemas de salud que puede desencadenar para los que se inician a edades
tempranas. La investigación nos indica que el pronóstico es sombrío para los
que lo hacen antes de los 15 o 16 años», agrega Moya.
Los escolares patrios figuran entre los europeos que más porros fuman. Sólo
les adelantan sus colegas de la República Checa, Francia y Reino Unido.
En
los últimos 10 años, el consumo de esta sustancia se ha duplicado entre los 14
y 18 años. Entre un 36% y un 43% de los estudiantes españoles reconoce
haber tenido contacto con ella alguna vez y un 25% en el último mes, según los
datos de dos macro sondeos, la Encuesta sobre Drogas a Población Escolar y el
ESTUDES, realizados en 2002 y 2004, respectivamente, sobre una muestra de más
de dos millones de alumnos de Secundaria.
En la mayoría de los casos se trata de
consumos experimentales y esporádicos,
y se estima que sólo el 10% llegará a ser un consumidor habitual. Pero un 1% de
los chavales interrogados en el ESTUDES admitía que fumaba entre dos y tres
porros diarios, una cantidad que los expertos consideran de claro riesgo para
un desarrollo cerebral saludable.
Cerebro vulnerable
Fernando Rodríguez de Fonseca, investigador que coordina la
Red de Trastornos Adictivos, es rotundo al respecto: «
No podemos garantizar
que el cerebro de un adolescente que consuma cannabis de forma habitual no vaya
a ser vulnerable a ciertas patologías psiquiátricas». En los últimos tres
años se han ido acumulando
evidencias científicas que contradicen la
imagen amable de esta droga ilegal, considerada menos tóxica que otros
estupefacientes.
«
Lo es en un organismo adulto. Y, precisamente porque sus efectos se
consideraban poco graves, ha habido poco interés en estudiarlos», precisa
el experto en cannabinoides
Javier Fernández Ruiz, profesor de
Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad Complutense de Madrid.
Los estudios recientes indican, no obstante, que las consecuencias pueden
ser muy distintas para el cerebro de un adolescente, que se encuentra todavía
en pleno desarrollo y maduración. «
Hasta los 22 o 24 años no alcanza su
máximo metabólico y funcional», indica Fernández.
La primera
‘luz roja’ se encendió a raíz de
un estudio
sueco que tras seguir a un grupo de 50.000 jóvenes durante 15 años comprobó que
el riesgo de desarrollar esquizofrenia se multiplicaba por seis entre los que
fumaban cannabis de forma regular a los 18 años.
Posteriormente, otros trabajos han confirmado la relación entre el uso
habitual de la droga y
un riesgo de dos a tres veces superior de sufrir
esta grave dolencia psiquiátrica, así como otros trastornos psicóticos
que se manifiestan con delirios, alucinaciones y alteraciones cognitivas y del
comportamiento que interfieren con el desarrollo de una actividad normal.
Sin embargo, el peligro no es el mismo para todos. Los efectos neurotóxicos
del cannabis son más acusados cuanto más precoz es el inicio en el consumo y
cuanto mayor sea la cantidad que se fuma. «
No hay una edad segura para
empezar, aunque es cierto que el riesgo disminuye a medida que se cumplen años
y es mayor si se fuma antes de los 16», advierte Marta Torrens, jefe de la
Unidad de Toxicomanías del Instituto de Atención Psiquiátrica, Salud Mental y
Toxicomanías del Hospital del Mar de Barcelona.
Edad y cantidad
Torrens ha participado, junto con otros expertos, en el informe del Plan
Nacional de Drogas, y en el que se avisa que el nivel de empleo de la
sustancia también es clave. «
Hay quien llega a los 20 porros al día y
también tenemos chavales de 13 años que ya fuman uno a diario», señala
José Luis Sancho, coordinador del Área de Menores del programa
terapéutico-educativo de la Asociación Proyecto Hombre en Madrid.
«
El consumo semanal ya puede resultar problemático», sentencia la
especialista catalana. Y cuanto más se prolongue en el tiempo, aún peor. La
mayoría de los jóvenes dejará de consumir a medida que se acerque a los 30 y
empiecen a tener obligaciones laborales y familiares. Pero un 10% continuará
haciéndolo de forma abusiva y los que empiezan más jóvenes y consumen
diariamente tienen otra vez más papeletas para figurar en este grupo.
Los estudios que han seguido la evolución de los jóvenes habituales al
cannabis han identificado
ciertos rasgos que predisponen a sufrir
trastornos mentales. Estos son más frecuentes en los que han
manifestado de antemano síntomas psicóticos, asociados o no a los porros, y en
aquellos con antecedentes psiquiátricos familiares.
Otro dato apoya la teoría de que
existe una susceptibilidad
individual que puede verse precipitada por el uso del estupefaciente.
Se ha comprobado que los fumadores que portan una variante genética específica
del gen COMT, que regula las concentraciones de un neurotransmisor implicado en
el desarrollo de la esquizofrenia, tienen un riesgo 10 veces superior de sufrir
la dolencia respecto a otros consumidores que no presentan esa alteración.
El hecho de que no todos los fumadores exhiban la misma fragilidad mental
explicaría, por ejemplo, por qué la incidencia de esquizofrenia no ha crecido
en la misma medida que el consumo de cannabis. Ahora bien, los especialistas
recomiendan no infravalorar estos datos. Aunque los potenciales afectados sean
una minoría, para Marta Torrens constituye un grave problema de salud
pública. «
De un riesgo de 0,7 casos de esquizofrenia por cada mil se
pasa a 1,4 por mil si se fuma cannabis. Puede parecer poco, pero se trata de un
trastorno muy serio. Se impone el principio de prudencia».
¿Por qué el cannabis resulta más dañino para el cerebro adolescente?
«Las
bases para explicar su mecanismo lesivo no están del todo claras, aunque la
investigación en este campo es cada día más intensa», reconoce
Javier
Fernández Ruiz.
Los consumidores buscan los efectos psicoactivos que provoca la sustancia
(relajación, desinhibición, hilaridad…), que son debidos a la acción de su
principal componente activo, el tetrahidrocannabinol (THC), sobre unos receptores
específicos (receptores cannabinoides) emplazados en la superficie de las
neuronas, las células del cerebro.
El primero de estos receptores (se conocen tres) fue identificado en
1990. Regulan la actividad de diversos neurotransmisores responsables
de controlar la comunicación entre las neuronas y diversas funciones
neurológicas.
El cannabis puede interferir sobre este sistema de
conexión celular al modificar el funcionamiento de ciertos neurotransmisores,
como la dopamina y el glutamato, directamente implicados en el
desarrollo de la
esquizofrenia.
Así, se sabe que el THC puede incrementar la producción de dopamina y que la
hiperactividad de este neurotransmisor se relaciona con el trastorno
psiquiátrico. Por otro lado,
se ha sugerido que los niveles de
glutamato son más bajos en los afectados por la dolencia mental y la droga
inhibe la producción de esta proteína. La acción del cannabis sobre un tercer
neurotransmisor, la serotonina, también se ha vinculado con un mayor riesgo de
trastornos depresivos y de ansiedad.
Al psiquiatra
José Carlos Pérez de los Cobos, presidente de
la Sociedad Española de Toxicomanías, le inquietan otros efectos menos severos
pero cada día más frecuentes entre los consumidores más jóvenes. «
Detrás de
muchos fracasos escolares está el cannabis y eso nos debería poner en guardia y
hacernos reaccionar», opina. Los propios estudiantes españoles reconocían
en la encuesta de 2002 las consecuencias negativas de los
‘canutos’:
problemas de memoria, tristeza, apatía o depresión, dificultades para estudiar
o trabajar, absentismo escolar, trastornos físicos y conflictos con sus padres
y hermanos.
Fracaso escolar
El mal rendimiento en el instituto fue precisamente lo que destapó la
peligrosa relación de Pablo con los porros, un adolescente catalán que acaba de
cumplir 18 años y lleva tres meses en un programa terapéutico en el centro de
menores de Proyecto Hombre en Barcelona. Su familia cree que empezó a consumir
con 15 o 16 años. Últimamente fumaba a diario, incluso lo hacía en casa.banksy400
«
Le notábamos cambiado desde hacia tres años. No era el niño cariñoso de
siempre, estaba nervioso, contestón, desobediente, no respetaba los horarios…»,
relata Paqui, de 48 años, su madre. La familia lo atribuyó al difícil tránsito
de la adolescencia, un hecho que complica la detección del problema. «
Primero
le pillamos fumando tabaco y después su padre le descubrió una ‘china’ de
‘chocolate’, pero dijo que era de un amigo. El detonante fue una llamada de sus
profesores avisando de que no iba a clase y que cuando lo hacía estaba
‘fumado’. Se nos cayó el mundo encima», reconoce.
Lo más difícil fue convencer a Pablo de que lo que hacía podía
perjudicarle. «
Ellos lo fuman con toda tranquilidad porque no son
conscientes de que suponga un riesgo, les divierte y piensan que no es malo
para nada. Poco a poco se ha ido dando cuenta de la realidad», agrega.
La falta de percepción de peligro es una de las razones que esgrimen
los expertos para explicar el alto nivel de consumo de la droga entre los más
jóvenes y también uno de los principales motivos de alarma. Las
encuestas escolares revelan que una cuarta parte de los alumnos considera que
fumar de forma regular no produce problemas y muchos piensan que el riesgo es
similar o inferior al del tabaco. Los expertos urgen para que se transmitan a
los adolescentes los nuevos conocimientos científicos sobre el cannabis, pero
se preguntan cómo hacerlo de forma suficientemente persuasiva.
Las demandas de terapia también aumentan
Problemas escolares y de conducta, comportamiento violento (verbal y en
ocasiones físico), deterioro de la autoestima, patología psiquiátrica, como
depresión o brotes psicóticos, trastorno del control de los impulsos… Estos son
los síntomas más comunes con los que llegan a los centros de deshabituación o
desintoxicación los consumidores más jóvenes de cannabis. La mayoría lo hace
empujada por su familia, ya que no tiene conciencia de que su hábito cause
problemas.
Socialmente se ha menospreciado el riesgo de dependencia del
cannabis, pero existe. Como también existe el síndrome de abstinencia,
que se manifiesta de forma más leve y tolerable que el de otras drogas porque
el organismo elimina el THC lentamente. Irritabilidad, ansiedad, disminución
del apetito, cansancio, insomnio, dificultad para concentrarse son los signos
habituales.
La creciente demanda de tratamiento por abuso de esta sustancia da idea de
la dureza de la droga
‘blanda’: se ha triplicado entre 1996 y 2001. En
2002 fue el motivo del 60% de las terapias por drogas notificadas en menores de
18 años. Al igual que en otras adicciones, abandonar el consumo no es sencillo.
Tras entre seis (como mínimo) y 18 meses de psicoterapia, un 40% logra mantener
la abstinencia pasados dos años. El problema es que
la red asistencial
para atender a los adolescentes dependientes es aún escasa.
¿
Por qué ha crecido tanto el consumo?
Se citan varios motivos. Además, de la escasa percepción de sus riesgos para
la salud, mencionan la accesibilidad de los adolescentes a la sustancia.
Más
del 71% de los chavales piensa que podría conseguirla fácilmente si quisiera.
La proximidad de España a Marruecos, el principal productor de cannabis,
favorece igualmente su amplia circulación. Para los jóvenes es fácil disponer
de dinero y los porros les resultan muy asequibles, uno cuesta aproximadamente
un euro. «
Cambian el bollo de la merienda por el ‘canuto’», dice la
madre de un joven consumidor.
Fumarse unos
‘petas’ forma parte de la cultura de ocio y consumismo
que impera en la sociedad en general. «
Siempre dan premio, con ellos se lo
pasan bomba. ¿Qué les ofrecemos para competir con eso?», se pregunta
José
Luis Sancho, psicólogo de Proyecto Hombre, asociación que
cumple este año su vigésimo aniversario. Curiosidad, experimentar nuevas
sensaciones y divertirse son las razones que esgrimen los escolares que han
decidido probar el hachís o la
‘maría’. Forman parte de un estilo de
vida en el que prima pasarlo bien. «
Nuestro objetivo es romper esta
percepción, que reciban la información precisa y conozcan sus riesgos»,
apostilla Carmen Moya.
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