EL ESTADO
DE LAS COSAS
El desamparo de los evacuados
Ana Pedraja no pudo sacar nada del
interior de su vivienda. Tuvo que salir con el agua a la altura del pecho. La
crecida se llevó la pieza donde Doris Di Matei vivía con sus tres hijas. Hace
48 horas que Carlos Rodríguez no duerme, para evitar los robos.
El País / E. Barreneche / V. Rodríguez - vie sep 19 2014
Las historias de los residentes más humildes del pueblo Santa Lucía
(Canelones) tienen un lazo común: el río.
Las lenguas negras del Santa Lucía se expandieron al atardecer del martes
16, cruzaron la vía del tren -la medida que utilizan los vecinos para saber si
la creciente es grande o no- e inundaron en minutos la casa de Pedraja. La
mujer y sus dos hijos menores apenas tuvieron tiempo de salir. "Perdí
todo. La creciente me agarró con todo adentro. No quiero llorar porque mi hijo
también llora. No tengo más ropa que la que tengo encima", dijo a El País.
Casi enfrente de la casa de Pedraja, vivía Doris Di Matei. Ahora allí no
queda nada. Solo se ve la superficie plateada del río que disimula la fuerte
correntada que, horas antes, se llevó la pieza donde vivía con sus tres hijas.
En un inesperado big bang conformado por miles de litros de agua, el río
sacudió hasta los cimientos a decenas de casas de material ubicadas en los
barrios bajos del pueblo Santa Lucía. También inundó los pozos sépticos
arrastrando materias fecales, animales muertos, alimañas y toneladas de barro
hacia el interior de las casas.
Dentro del comedor municipal de Santa Lucía, junto con otros evacuados, Di
Matei se queja de su infortunio y reclama que el gobierno le otorgue una casa.
"Estoy desamparada, en la calle. Solo me quedó una cama con colchón y
una cocina. Se fue todo lo demás", dijo.
Sus tres hijas -de 18, 11 y 9 años- la escuchan en silencio sentadas en la
cama de dos plazas que pudieron salvar de la corriente. Las dos niñas y la
adolescente afrontan con rostro resignado la pobreza, la fatiga y el desamparo.
En los barrios bajos hay una norma no escrita, una tradición oral: las
mujeres evacuadas se quedan en el Comedor Municipal con los hijos y las pocas
pertenencias que lograron llevar los camiones dispuestos por la Alcaldía de
Santa Lucía, mientras que los hombres hacen guardia a poca distancia de las
casas para evitar los robos.
Algunos se trepan a los techos y arman una especie de atalayas precarias,
con lonas, para ver quién viene en bote y con qué intenciones.
"De noche hay que quedarse para cuidar lo que queda. Hay gente al
acecho. Hemos visto caras raras, conocidas y no conocidas", dijo el
empleado Leonardo Romano.
Al igual que otros habitantes de las zonas inundables de Santa Lucía, el
albañil Carlos Rodríguez está cansado de la sucesión de crecidas, la pérdida de
bienes, y el enorme trabajo para sacar la mugre y el barro fuera de su casa,
además de las horas que le lleva fregar las paredes con hipoclorito para
eliminar hongos y bacterias. Pero no pueden irse del lugar por un tema
económico. "Pensé en mudarme a otro lado. Esto cansa. Pero estoy sin
trabajo y tengo dos hijos pequeños a cargo. Es imposible", dijo a El País.
En el Comedor Municipal, los evacuados duermen al costado de bultos de
ropas, roperos, cocinas y frazadas que salvaron de la inundación.
Walter Hugo Esteves trabajó de portero en varios edificios de Pocitos y
Buceo. También fue funcionario de Aduanas. Hace 10 años se operó del corazón y
no pudo trabajar más. Terminó en una vivienda en una zona inundable de Santa
Lucía.
El martes, Esteves recurrió a la ayuda de funcionarios municipales para
salvar algo, porque no puede hacer fuerza.
"Me salvaron una heladera, un ropero, cocina y una
televisión"", relató.
En Canelones, el número de evacuados había aumentado ayer a 453, señaló a El
País el alcalde Raúl Estramín.
La productora Graciela Gutiérrez, de Paraje Vidal, Canelones, dijo que en la
zona muchos productores perdieron animales por las inundaciones del río Santa
Lucía.
"Nosotros perdimos uno solo porque nos ayudaron los bomberos a sacarlos
de una isla. Tenían el agua hasta las costillas. Pero los bomberos no dieron a
basto y hubo vecinos que perdieron gran cantidad de animales. El agua subió de
pronto y los animales quedaron atrapados".
En el Yi.
Al igual que el Santa Lucía, el río Yi tampoco dio tregua. Los barrios bajos
de la capital duraznense están anegados desde hace seis días.
La altura de río en Durazno se encontraba ayer en 11,25 metros, dos metros y
medio por encima de la cota de seguridad.
El soldado José Luis Mundo, de 39 años de edad y 19 de profesión en el
cuartel duraznense, reside en el barrio Cementerio, afectado por la inundación,
y tuvo que ser evacuado junto con su familia. Hoy integra el equipo que prepara
la comida para los damnificados que están alojados en el estadio de fútbol 14
de Octubre, del regimiento Pablo Galarza.
"Estoy orgulloso de estar con los compañeros encargados de cocinar para
tanta gente, en este momento tan especial para Durazno, y de hacerlo para los
que sufrieron la misma desgracia que hemos vivido con mi familia, a causa de la
creciente", dice a El País, mientras revuelve con el enorme cucharón de
madera el tuco que acompañará la polenta para 300 personas en el local del
centro Cobusu.
Desde el fin de semana, cuando las lluvias y el viento azotaron Durazno, la
cotidianidad de la vida de muchas familias cambió.
Lourdes Moreira, estudiante de 19 años, debió dejar su casa, sumergida en el
agua en el barrio Santa Bernardina. Es una más de los 61 alumnos del turno matutino
del liceo "Dr. Miguel C. Rubino", que están evacuados.
Lourdes vive con su padrastro, su madre y Benjamín, el hermanito de 6 años
de edad.
"Es la cuarta vez que tenemos que salir por las grandes crecientes. Yo,
desde los ocho años he padecido las inundaciones y para mí ya es algo `normal`.
En la primera creciente dejamos cosas dentro de la casa y se nos fueron el
armario ropero y la cómoda; ahora siempre tomamos precauciones", contó.
Soriano.
El rápido desborde del río Negro provocó la pérdida de cientos de cabezas de
ganado. Solo en Soriano existen entre 8 y 10 establecimientos damnificados. No
sólo creció rápido sino que lo hizo bastante más de lo anunciado por el Comité
de Emergencia.
El presidente de la Asociación Rural de Soriano, Jorge Andrés Rodríguez,
salió a volar para monitorear la situación. Desde el aire el panorama era
desolador. "Solo cuando baje el río vamos a poder estimar las
pérdidas", indicó.
http://www.elpais.com.uy/informacion/desamparo-evacuados.html