EL ESTADOS
DE LOS ANARQUISTAS CHILENOS
Antes fueron los comunistas quienes comían guaguas; hoy son los anarquistas
El Clarín cl. / Escrito por Rafael Luís Gumucio Rivas - Publicado el 07 Octubre 2014
El anarquismo fue, en su tiempo – en
la primera mitad del siglo XX – la expresión del rechazo más radical al
capitalismo, al Estado y al clericalismo. Los ácratas soñaban con una huelga
general que, de un momento a otro, destruyera toda autoridad; claro que hoy
suenan estas aspiraciones como una utopía sin sentido, cuando el reinado
absoluto del neoliberalismo reduce al hombre a ser un objeto del mercado.
Bakunin, Kropotkin y Malatesta tuvieron, sobre todo en los países latinos, una
ascendencia fundamental en el movimiento obrero. La depravación del socialismo
a que nos llevó el Estado burocrático autoritario estalinista condenó al olvido
a los valientes y soñadores ácratas, de comienzos del siglo XX. Pocos se
acuerdan de la Central Nacional del Trabajo (CNT) y la Federación anarquista
ibérica (FAI), menos de Internacional de Trabajadores del Mundo (IWW)
En Chile, los anarquistas también
constituyeron una fuerza importante durante el período 1900 a 1925. No se
pueden explicar las huelgas y las manifestaciones de protesta – de 1903, en
Valparaíso; de 1905, la huelga de la carne, en Santiago o 1907, la Escuela de
Santa María de Iquique – sin analizar la historia del anarquismo chileno; lo
mismo vale para el período de resurgimiento del movimiento obrero, durante el
mandato del corrupto y maquinero Juan Luis Sanfuentes; la oligarquía se negaba
a reconocer la existencia de la llamada “cuestión social”, “que residía
solamente en Europa, en Chile no existían clases privilegiadas, como estaba
consignado en la Constitución; los obreros ganaban buenos salarios y si caían
en desgracia eran protegidos por la caridad de los ricos”, sostenía el ministro
Rafael Sotomayor, por consiguiente, había que acusar a los agitadores de
sublevar a la plebe quienes, en su mayoría, eran sindicados como terroristas y
anarquistas. Un buen día, el parlamentario reaccionario, don Carlos Aldunate
Solar, se le ocurrió leer un libro en inglés sobre “los crímenes” de la IWW y
propuso una ley llamada de “residencia”, la cual permitía expulsar, sin más
trámite, a los extranjeros considerados peligrosos.
De ahí en adelante se desató la más
bestial persecución a los llamados agitadores. Efraín Plaza Olmedo era un
hombre en extremo sensible, que en un invierno crudo se enteró, por los
Diarios, de la cruel muerte de trabajadores del cobre, producto de un alud y de
la desidia de sus patrones; indignado, salió a la calle Ahumada y disparó dando
muerte a dos personas; todo el mundo captaba que estaba enajenado, sin embargo,
los jueces se ensañaron con él, encerrándolo en un calabozo, que terminó por
agravar su situación. El odio de los jueces, en su mayoría impuesto por el
Partido Liberal Democrático, no paró ahí: Antonio Ramón y Ramón español, medio
hermano de Manuel Vaca, asesinado en la matanza de Santa María de Iquique, no
podía abandonar el recuerdo de su pariente y un día se decidió atentar contra
el general Silva Renard, quien en ese entonces era el jefe de las tropas que
llevaron a cabo la matanza; las heridas sufridas por Silva Renard lo dejaron
tuerto, sin embargo, esta fue la única secuela; Ramón y Ramón fue condenado a
prisión sin derecho a la más mínima defensa.
Julio Rebosio era un anarquista,
dotado de un gran poder oratorio, que dirigía un periódico llamado de Verba
Roja; como los jueces no tenían motivo para juzgarlo, aprovecharon las
circunstancia de su nacimiento en Tacna, en ese tiempo territorio chileno, para
apresarlo como remiso del servicio militar y tratarlo con tal brutalidad que
consiguieron aniquilarlo. Incluso, seres inocentes y dulces, como el librero
iquiqueño Manuel Peña, cuyo único defecto era su generosidad ilimitada para
prestar libros a los jóvenes anarquistas de esa ciudad, y el tendero Casimiro
Barrios, fueron expulsados del país sin mayor posibilidad de apelación.
Los ácratas chilenos eran, en su
mayoría, artesanos y vivían del trabajo independiente y, no pocas veces en
comunidad, como la cercana al Cerro San Cristóbal; no consumían alcohol, no
fumaban, eran vegetarianos y gustaban de la naturaleza; nada más contradictoria
con la imagen terrorista y violenta que propagaba la oligarquía; se podría
decir que eran una especie de santos laicos.
José Santos González Vera y Manuel
Rojas fueron amigos toda su vida y ambos escribían en Diarios de tendencia
ácrata, como La Batalla, Claridad, (de la Federación de Estudiantes de Chile),
Numen y, en los años 40, la revista Babel. Sus crónicas que hoy comentamos van
desde 1914 a 1954. A mi modo de ver, estas columnas constituyen la fina, sutil
y viva pintura de ese período histórico; a diferencia de tanto superficial y pillín
que hoy pululan en el mundo político e intelectual, González Vera y Manuel
Rojas jamás abandonaron sus ideales libertarios, por tal razón, leerlos me
congracian con el género humano.
Manuel Rojas supo descubrir a fondo
los dos personajes que se encarnan en Arturo Alessandri: el “catilina”, el
orador que entusiasmaba a las masas y, a la vez, el oligarca que no quería que
nada cambiara. Al fin de su vida, terminó dominando la segunda cara. Rojas se
entusiasmó con el grito de “Córdova la mística”, que inició la revolución
universitaria. ¡Qué diferencia con las universidades chilenas de hoy! José
Santos González Vera fue parte de la generación universitaria de 1920, y nos
retrata, con su pluma sutil, a personajes hoy olvidados, como Juan Gandulfo y
Alfredo Demaría quienes anticiparon, hace años y en otro contexto, el idealismo
de los “pingüinos” actuales. Salvo el historiador Mario Góngora y Carlos Vicuña
Fuentes, poco se ha escrito sobre tan singular generación donde se encontraban,
según González Vera, jóvenes ácratas, vegetarianos, espiritistas,
nietzscheanos, positivistas, socialistas e, incluso, radicales. La revista
Claridad no perdonó a ninguno de los sinvergüenzas políticos oligarcas. Qué
diferente aquel período de idealismo, pacifismo, latino americanismo y
laicismo, a los actuales catones lobistas, que pululan en nuestra política de
hoy.
Hoy, como ayer, existían los
chauvinistas del tipo Jorge Tarud, claro que era la juventud dorada oligárquica
que acusaba a los jóvenes de la FECH de haberse vendido al oro peruano, en la
famosa y farandulesca guerra de don Ladislao Errázuriz; en esa época los
“pijes”, como lo define González Vera, se dieron el lujo de asaltar la
Federación de Estudiantes, destruyendo su rica biblioteca. Como podrán
comprobarlo los queridos lectores, el síndrome de quemar libros viene de muy
antiguo en nuestra oligarquía militarista y católica; así lo hicieron en el
juicio contra Francisco Bilbao y, posteriormente, en los primeros años del
golpe militar de 1793. Manuel Rojas describe detalles desconocidos de la
personalidad del mártir, Domingo Gómez Rojas, joven anarquista, que murió en el
manicomio, en 1920, después de sufrir la persecución del venal juez José
Astorquiza, cuyo crimen le fue recordado por los jóvenes con permanentes llamadas
de teléfono, a su familia, recordándole sus actos bestiales e injustos.
Merece destacarse el artículo de
González Vera sobre su relación con la religión; creo que, en muy pocas
páginas, jamás un autor ha podido describir, tan finamente, su postura
agnóstica. Cuenta el cronista que su padre había sido conservador en su
juventud y que después había devenido ateo; cada vez que visitaba a sus hijos,
en Talagante, repetía la frase: “mueran los malditos frailes”. González Vera
quiso confesar a su padre que se había convertido en un anarquista, pero su
progenitor no lo consideró una buena idea: “mejor sería que fueras socialista,
pues con estos se puede vivir mejor en la vida” – parece que en esa época ya
era buen pituto ser socialista. González Vera nos relata la visita a Chile de
la agnóstica ácrata española, Belén de Sárraga, que volvía locos a los
artesanos y a los librepensadores; al escuchar sus charlas y la profundidad de
su pensamiento, parecía que los frailes desaparecían con la cola entre las piernas;
en el teatro se escuchaban gritos como “viva el comunismo libertario”, o el más
moderado, seguramente un radical, “viva la evolución”. Los jóvenes,
entusiasmados, reemplazaban a “los corceles”, llevando a Belén a su hotel.
La relación de González Vera con los
curas no podía ser más fina: tuvo como profesor a Emilio Vaisse, cuyo seudónimo
era Omar Emert, famoso crítico literario, que lo echó de la clase, en el Liceo
de Santiago, cuando fue acusado, por un alumno, de haberse burlado de los
frailes. En La Serena, González Vera conoció a quien después fue cardenal, José
María Caro, con quien departió amablemente. Al fin, nuestro cronista termina
valorando la vida como algo sustentable por sí misma, pero con un gran respeto
por la opción religiosa.
Los últimos artículos contenidos en
la compilación de Carmen Soria, hija Carmelo Soria, asesinado por la DINA,
Manuel Rojas delinea, claramente, sus críticas al socialismo degenerado
estalinista, que fue más bien una dictadura burocrática del Estado. En 1941, recuerda
la muerte de León Trotsky, sosteniendo que ahí termina la historia del partido
bolchevique. Rojas dedica un artículo a la guerra civil española, el pueblo más
valiente, pero a la vez el más abandonado y traicionado por occidente: no sólo
lo olvidaron franceses e ingleses – que al fin y al cabo preferían a los
nacionalistas – sino también por los republicanos que, como Casares Quiroga,
que se negó a darle las armas al pueblo, que resistía con los puños y palos a
la arremetido de los facciosos fascistas. La ayuda de México y el aporte
soviético a la causa republicana no alcanzó a compensar el poder de los
ejércitos de Hitler y de Mussolini. Por lo demás, el Stalinismo aniquiló a los
anarquistas y trostkistas de POUM.
El artículo de José Santos González
Vera sobre los anarquistas es una de las descripciones más finas y humorísticas
de los artesanos ácratas de comienzos del siglo XX. Cuenta el cronista que él
trabajó con un zapatero, llamado Juan Antonio Silva; en esos tiempos los
obreros gráficos y los zapateros eran los más cultos del movimiento obrero: los
primeros, porque leían los libros al imprimirlos y, los segundos, porque su
oficio permitía que les fueran leídos por los aprendices. Cuenta González Vera
que él leía a Silva la famosa “Lucha por el Pan”, de Kropotkin. Las reuniones
en la sala del Centro Francisco Ferrer se prestaban para discusiones eternas, y
no faltaba el compañero que anunciaba que iba a hablar de 2 de 4 de la tarde;
como debe comprender el lector, la mayoría iba, de poco a poco, abandonando la
sala. Otro anarquista se entusiasmó con la revolución bolchevique, que estaba
vedada para los ácratas, por su carácter partidista y autoritario. Cuenta
González Vera que al ser separado del círculo de estudio, se dirigió a Mendoza,
donde le regaló al general Carlos Ibáñez, exiliado después de 1931, un ejemplar
de la “Lucha por el Pan” y el general le prometió estudiarlo para aplicar los
consejos del príncipe ruso en Chile. Genial, un general aplicando el
anarquismo!
Manuel Rojas escribió, en 1950, en
“Babel”, un artículo llamado “Dos Centenarios”: recuerda que en 1947 leyó dos
libros Walden o la vida de los bosques, de Thoreau, y El manifiesto comunista,
de Marx y Engels; Thoreau lucha por el hombre y su liberación y fue el inspirador
de Gandhi en la resistencia no violenta, además, consideraba al Estado como una
bestia, rechazó la esclavitud y la guerra de rapiña contra México. A Thoreau
sólo le interesaba lo esencial de la vida y adoraba la soledad del bosque; no
concebía ni las clases, ni la sociedad, ni el Estado, sólo creía en los actos
valientes individuales, como el rechazo a aceptar la coerción social. El
Manifiesto Comunista, por el contrario, llama a la lucha de clases, sacudir las
cadenas y a la unión entre los proletarios. Manuel Rojas termina su columna
diciendo: “veamos qué resulta”.
En esta época miserable, plagadas de
filisteos y de mercaderes del templo, recomiendo a los lectores ojear el libro
Letras anarquistas, publicado por la editorial Planeta.
Rafael Luis Gumucio Rivas
http://www.elclarin.cl/web/opinion/cronicas-de-un-pais-anormal/13380-antes-fueron-los-comunistas-quienes-comian-guaguas-hoy-son-los-anarquistas.html

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