EL ESTADO
DE LAS COSAS
¿Por qué Chile sigue crispado?
El Clarín de Chile / Escrito por Felipe Portales - Publicado el 16
Septiembre 2014
A diferencia de
Argentina, Brasil o Uruguay –países que sufrieron largas y cruentas dictaduras
militares como nosotros- en Chile no pasa aniversario del golpe de Estado sin
que hayan desmanes en diversos barrios populares y en que una crispación se
note en el ambiente. Lo mismo sucede para el aniversario del “día del joven
combatiente” a fines de marzo y, en menor medida, para el 1 de mayo.
Nada de eso
acontece en dichos países en el aniversario de la entronización de Videla en
Argentina; o en el de Castelo Branco en Brasil; o en el de la dictadura
uruguaya; ni en otros días específicos del año. Tampoco en estos países se
dañan centenares de buses luego de un triunfo en el Mundial de Fútbol. ¡Se
imaginan cuántos miles de buses se tendrían que haber dañado en Buenos Aires
–considerando su mucho mayor población y cantidad de triunfos en el campeonato-
siguiendo la pauta santiaguina que alcanzó más de 900 buses con solo dos
triunfos!...
Tampoco hay en esos
países una capital casi completamente rayada con grafitis; centenares de
encapuchados que generan violencia aprovechándose de manifestaciones
estudiantiles o de otro tipo; tomas de establecimientos educacionales que dejan
gratuitamente numerosos daños en su interior; atentados a maquinarias o
residencias en zonas del país; o personas que colocan más de 200 bombas desde
2005 en la capital, como ocurre en Chile. Naturalmente que conductas anteriores
son muy diferentes en cuanto a su gravedad, yendo de simples faltas de respeto
al ornato a graves crímenes. Pero todas ellas revelan exasperación y no las
encontramos en los países que igualmente sufrieron dictaduras.
¿Qué hace tan
distinta a nuestra sociedad? Evidentemente la respuesta tiene que estar en que
hay un profundo malestar específico de la sociedad chilena; el cual no tiene
canales normales de expresión. Y ¿por qué existe ese malestar? Si analizamos
las estructuras políticas, económicas y sociales de nuestro país respecto de
las de los países mencionados veremos que hay diferencias abismantes.
En primer lugar,
Chile es el único país en que la post-dictadura está regida por la misma
Constitución que dejó la dictadura. Pero, además, en que ¡dicha Constitución ha
sido asumida como propia por el liderazgo que se opuso a la dictadura!
Efectivamente, algunos parecen no recordar que la Constitución del 80 está
suscrita desde 2005 por el entonces presidente Ricardo Lagos y por todos sus
ministros; entre ellos, Ignacio Walker, Nicolás Eyzaguirre, Sergio Bitar,
Francisco Vidal, Osvaldo Puccio y Yasna Provoste.
También, Chile es
el único país que en su post-dictadura ha legitimado, consolidado y
perfeccionado la obra refundacional neoliberal de la dictadura; siendo que esta
obra además fue, lejos, la más extremista de la región. El Plan Laboral, las
AFP, las Isapre, la LOCE-LGE, la ley de universidades de 1981, etc.;
establecieron sistemas tan favorables a los grandes grupos económicos, que no
tienen ningún parangón en Sudamérica.
En estrecha
conexión con lo anterior, en nuestra post-dictadura se han acentuado las ya
gigantescas disparidades socio-económicas generadas por el régimen de Pinochet.
En cambio, los gobiernos de centro-izquierda de Argentina, Brasil y Uruguay han
adoptado medidas significativas a favor de los sectores más pobres destinadas a
disminuir en mayor o menor medida las extremas desigualdades creadas por sus
respectivas dictaduras.
También, en
congruencia con lo anterior, los gobiernos chilenos desde 1990 han mantenido la
desarticulación o minimización de las organizaciones sociales que efectuó la
dictadura: sindicatos, juntas de vecinos, cooperativas, colegios de
profesionales y técnicos, etc. Particularmente grave ha sido la mantención de
una legislación que les permite a los empleadores echar trabajadores “pillados”
en la idea de formar sindicatos; que impide que la inmensa mayoría de ellos
pueda negociar colectivamente; y que hace de la huelga una grotesca pantomima,
al permitirse el reemplazo de los trabajadores que la hacen efectiva.
Situaciones que, por cierto, no existen en dichos países.
Y, sin ánimo de ser
exhaustivo, en nuestra post-dictadura se ha terminado con todos los diarios y
canales de TV que no sean de derecha, ¡existiendo hoy menor pluralidad de
medios que el que existía a fines de la dictadura!; lo que contrasta con sistemas
de propiedad sudamericanos que, al menos, expresan alguna variedad ideológica.
Tampoco se
vislumbra una modificación importante del sistema heredado de la dictadura bajo
el gobierno de Bachelet. Es más, la presidenta ha descartado explícitamente –en
una reciente entrevista- el único modo factible de establecer una nueva
Constitución, sin el veto de la derecha: una Asamblea Constituyente. Por otro
lado, la modesta reforma tributaria propuesta inicialmente se ha constreñido
mucho más aún, al establecerla en forma innecesariamente consensual –ya que el
Gobierno tenía por sí mismo la mayoría parlamentaria para tal efecto- con la
derecha. Y respecto de la otra reforma significativa propuesta –la educacional-
el Gobierno no tiene siquiera los quórums para aprobarla sin el acuerdo de la
derecha…
Es decir, todo
indica que seguiremos en el futuro previsible con un país sumamente crispado y
exasperado.

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