EL ESTADO DE LAS COSAS
Las cuentas alegres de Monsanto
El Clarín de
Chile / Escrito por Iván Restrepo - Publicado el 15 Septiembre 2014
Como parte de la campaña para tratar de
limpiar su mala imagen, los directivos de Monsanto, la mayor trasnacional de
insumos agrícolas del mundo, suelen decir que obtienen mejores semillas y
posibilidades para que los agricultores logren abundantes cosechas de alimentos
y, por ende, mayores ingresos utilizando, además, menos plaguicidas, elaborados
igualmente por dicha trasnacional. Esto lo señalaba Hugh Grant, presidente de
la corporación, en 2008. Su mensaje es parte de esa campaña para mostrar los
beneficios económicos que recibirán los campesinos que tienen poca tierra o son
pobres si utilizan el paquete tecnológico de Monsanto: semillas únicas y
fórmulas químicas que aumentan la productividad y reducen los gastos de
combatir las plagas y las malas hierbas que afectan los cultivos. La
trasnacional hasta le pone cifras a ese avance tecnico-científico: dentro de
seis años, cinco millones de personas que menos tienen en el campo alcanzarán
una situación económica más favorable. Y por ende, en educación, salud y
alimentación rural.
Guardadas las proporciones, se trata de
reditar el milagro que hace poco más de medio siglo haría la revolución verde: la
solución de los problemas del hambre y la desigualdad entre los agricultores,
especialmente los más pobres. Esa revolución fue muy importante y nació en
México, pero requería para ser efectiva un paquete de insumos y condiciones:
agua, semillas mejoradas, fertilizantes, plaguicidas, créditos oportunos y a
bajo interés, vías de comercialización lo menos contaminadas por intermediarios
y precio justo de las cosechas. Todo eso no estuvo al alcance de la inmensa
mayoría de los productores agrícolas. Fueron, nuevamente, los latifundistas y
en ciertos países los propietarios de extensiones medianas los principales favorecidos
por dicha revolución.
Ahora las cuentas alegres que divulga
Monsanto no se sostienen en la realidad. Como ocurrió con la revolución verde,
quienes hoy producen y controlan los transgénicos tratan de convencer a la
opinión pública, y a los gobiernos que autorizan la siembra de sus semillas y
los demás productos que fabrican, de que con la nueva revolución se reducirá el
hambre en el mundo.
En Argentina, más de la mitad de la
superficie cultivable se siembra con soya transgénica, sin que ello genere
mayor bienestar entre los que trabajan y viven en el campo.
La realidad muestra que no es cierto. Son
ejemplos Argentina y Brasil. En el primero de esos países, más de la mitad de
la superficie cultivable se siembra con soya transgénica, sin que ello genere
mayor bienestar entre los que trabajan y viven en el campo. En Brasil se
talaron selvas centenarias, se incrementó el uso de químicos, se expulsó a
campesinos de sus tierras donde plantaban semillas autóctonas, mientras el
gobierno descuidaba garantizar la soberanía alimentaria por favorecer la
agroexportación. En ambos países, igual que en otras partes del mundo, millones
de productores quedaron atados a un paquete tecnológico y un modelo agrícola
destinado a la exportación de las cosechas, gobernado por el libre mercado, los
intermediarios, los grandes propietarios de tierra y las trasnacionales que
venden los insumos agropecuarios. Un círculo perverso que, además, impone el
monocultivo en vez de la diversidad, con las desventajas que ello trae desde el
punto de vista ambiental y alimenticio.
Un resultado del proceso de imponer el
nuevo paquete tecnológico se relaciona con el precio de los insumos químicos
que requiere: en vez de disminuir, aumenta, aún durante la grave crisis
económica de 2008. El resultado es que las utilidades de la trasnacional número
uno del planeta se incrementaron los últimos seis años notablemente. No lo ha
hecho de la misma manera la calidad de vida de los campesinos atados al modelo
transgénico. Ellos ahora pagan más por los agroquímicos que utilizan a fin de
garantizar buenas cosechas. Tampoco se ha reducido el precio de las semillas.
Queda entonces claro que los compromisos sociales de Monsanto y corporaciones
afines no son precisamente ayudar a mejorar el nivel de vida de los
agricultores ni ayudar a cosechar más alimentos, a utilizar menos plaguicidas y
a mejorar sus oportunidades económicas, como expresó hace seis años el
presidente de la corporación. Son todo lo contrario.

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